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El valor de la vida

"No hay testigo tan terrible ni acusador tan potente como la conciencia que mora en el seno de cada hombre" (Polibio)

Recuerdo que fue un día de esos muy particulares que marcan el tiempo de las personas.

Fue un día en el cual un hecho luctuoso envolvía la familia de un amigo muy cercano, y –con ello- me envolvía también a mí. Llegó alguien al velatorio y arrojó una pregunta que denotaba un cierto acento dantesco-fellinesco: ¿vieron lo de Ramallo?, y ante nuestra negativa nos contó eso de los ladrones del Banco Nación y de los 100 o 200 policías rodeando la manzana.

Regresé a casa de noche con muy pocas ganas de mirar televisión, simplemente comer algo liviano y descansar una horas para acompañar el cortejo fúnebre.

A las 4:30 de la mañana no me podía dormir, así que prendí la televisión desde la cama y –como siempre pasa en estos casos- busqué los dos canales de noticias en cable: lo que veía era imposible de creer: un auto saliendo en la oscuridad y una balacera que luminaba la noche.

Luego vinieron las distintas versiones:

  • que la policía quería evitar que se abra la caja fuerte porque allí había documentación referida a la muerte del hijo del Presidente;
  • que el asalto era el equivalente al cajón que Herminio Iglesias prendió fuego allá en 1983;
  • que fue armado por la policía como aviso a los futuros gobernantes, etc, etc, etc.

De todos modos había un dato que nadie podía discutir: existían dos vidas que se habían perdido inutilmente, ello es: las vidas del gerente y del tesorero del banco (es decir las muertes de las otras personas que iban en el automóvil no podían ser consideradas inútiles, cual si existiesen muertes útiles), con ese disparo final y solitario que nos recordó esa máxima cristiana que "todas hieren, la última acaba".

Día a día nos asombramos y aterramos con las noticias que nos llegan acerca de distintos asaltos en los que –aún cuando no existe oposición por parte de la víctima- se termina con violencia inusitada.

En ambos casos encontramos existe un denominador común: el desprecio por la vida humana, y entre ambos encontramos mas peligroso el primero de ambos, y explicamos el porque:

En el fatídico asalto al Banco Nación el estado, a través de uno de sus brazos armados, ha planteado un dilema que se podría resumir de la siguiente manera:

  • el estado tiene un problema
  • el problema se llama asaltantes de un banco,
  • si el estado hace desaparecer a los asaltantes, el problema ya no existe.

El mismo dilema es el que se plantean los delincuentes cuando intentan "borrar" su problema de la manera mas cruenta.
Es por ello que, arribados al tercer milenio, es nuestro deber como sociedad comenzar a priorizar la vida humana por sobre los temas que puedan ser materia de debate.

Decía Homero: "La raza de los hombres es como la raza de las hojas. Cuando una generación florece la otra declina", es decir que quienes tengan en mente que el ser humano puede esperar de su existencia algo mejor que 200 policías disparando contra un automóvil, cuando existan muchos seres humanos que se lamenten cuando ven a una persona muerta en el piso sin preguntarse primero si es el ladrón o la víctima se podrá ir florenciendo una generación que no se alegre si los ensayos nucleares en cualquier atolón fueron existosos.

El sentido moral –nos decía Thomas Jefferson- o conciencia , forma parte del hombre lo mismo que sus brazos o sus piernas. Todos los seres humanos la tienen en grado mayor o menor, como tienen mayor o menor grado la fuerza de sus miembros.

Jorge Eduardo Freijo