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Del tranvía llamado deseo al colectivo que da pena

"Mas vale no acusar a un criminal que absolverlo" (Tito Livio)

Enseña el maestro CARRARA que: "Pena es tanto la amenaza de un disvalor por parte del Estado que debe intimidar a los súbditos de un ordenamiento jurídico para preservar bienes culturalmente estimados, así como su imposición a aquien, que por no haber sido persuadido debe padecerla".

Es decir que, para este maestro italiano del derecho penal el término "PENA" tiene dos acepciones: 1) como amenaza (o si prefiere como prevención), y 2) como castigo.

A menudo sabemos escuchar (cuando no decir) que tal diputado hace lo que quiere porque goza de impunidad, que tal o cual funcionario se enriqueció ilícita e impunemente, que la sociedad condena la impunidad, etc., etc., etc., dando a la misma la segunda acepción de la palabra pena, es decir como "falta de castigo".

No hace mucho tiempo un grupo de pasajeros en estado de emoción violenta ( o no) se defendieron violentamente (o se excedieron violentamente) en contra de un ladrón que había amenazado a un pasajero con un cuchillo. Como resultado de la acción acabó un delincuente muerto en el piso, luego de atravesar una ventanilla cerrada y un grupo de pasajeros que desaparecieron, un colectivero que no vió y no escuchó nada y una sociedad sonriendo de costado y poniendo cara de "que barbaridad" ("El buen Juez condena al delito pero no ultraja al delincuente" Séneca).

Qué llevó a un padre de familia a masificarse, a matar a una persona y huir del lugar no es el punto de este trabajo, simplemente es demostrar que la impunidad como no castigo nos gusta a todos.

Los pasajeros buscaron la impunidad y no la justicia, dado que de haber preferido la segunda se hubiesen quedado en el lugar, para –inclusive- esperar el reconocimiento de sus congéneres por el aporte que le hicieron a la sociedad al repeler el robo y matar al delincuente. Sabían que no era legal lo que habían hecho y buscaron que no se los castigara.

El punto que nos interesa es el "otro porqué" esos pasajeros hicieron o se animaron a hacer lo que hicieron, y ese porqué está unido a la sensación que el Estado ya no nos asusta, es decir falta la primer acepción que dimos de pena, pena como amenaza ("Las leyes no pueden ser aplicadas nunca a no ser que se apoyen en el temor" Sófocles).

Los habitantes de esta Nación sabemos –o creemos- que la mayoría de los ilícitos no tienen castigo, creemos que la impunidad es la regla y el castigo la excepción, que en la cárceles están "los perejiles", que si sacamos a los que gozan de impunidad, a los que nadie se anima a tocar, a los que no encuentran porque no quieren y a los que no encuentran porque no pueden, creemos llegar a la conclusión que tenemos muy pocas posibilidades de ser condenados y muchas de quedar impunes.

La escala de las penas se establece de acuerdo al valor que la sociedad le otorga al bien que desea proteger. Así, por ejemplo, un homicidio se castiga mas que un robo y el robo de un automóvil con arma de fuego mas que un homicidio, porque –en definitiva- en nuestro País –parece ser- un automóvil vale mas que una vida.

Cada uno de nosotros se rasgará las vestiduras jurando a los dioses mediáticos que los malos son "los otros" y no "nos otros", diremos que quien diga lo contrario no merece perdón, que indudablemente no aprendemos más, que este país no cambia más, que lo que necesitamos es una mano dura que nos enseñe, etc., etc., etc., porque como Don José de San Martín le decía a Bolívar, en este país la gente le obedece a las personas y no a las leyes...

Alea Jacta est (la suerte esta echada).

Jorge Eduardo Freijo